Caminar hoy por la avenida Remedios de Escalada de San Martín, en el tramo que une Valentín Alsina con el Puente Alsina, es recorrer las huellas monumentales de la era dorada de la manufactura argentina. En esas manzanas cargadas de historia industrial se levantó a mediados del siglo pasado una fábrica que convirtió al partido de Lanús en un polo de ingeniería sin precedentes en toda América Latina. Se trata de Surrey, una marca que no solo introdujo el confort del aire acondicionado en los hogares y oficinas del país, sino que demostró que el Conurbano sur tenía capacidad técnica para diseñar motocompresores y sistemas de climatización con los más altos estándares mundiales.

La reseña histórica de Surrey Argentina documenta que la empresa nació formalmente en 1953 de la mano de un grupo de ingenieros y emprendedores visionarios que apostaron por el modelo de sustitución de importaciones. En lugar de limitarse al ensamblado de componentes extranjeros, la planta de Valentín Alsina fue concebida como una fábrica integral: en sus naves se fundía metal, se bobinaban motores eléctricos, se plegaban gabinetes de chapa y se doblaban intrincadas serpentinas de cobre en líneas de montaje continuas donde convivían torneros especializados, matriceros y soldadores formados en las escuelas técnicas del distrito.

Para los vecinos de Lanús, Surrey fue mucho más que un cartel luminoso sobre la avenida. La planta llegó a dar empleo directo a más de mil quinientos trabajadores en sus épocas de mayor esplendor, generando un ecosistema de pequeños talleres satélites en Villa Diamante y Villa Caraza que proveían tornillería, estampados y aislaciones térmicas. Quienes crecieron en Valentín Alsina entre las décadas de 1960 y 1980 recuerdan la sirena fabril que marcaba el ritmo del barrio al cambio de turno y la marea de bicicletas y colectivos que colmaban los comercios gastronómicos y las almacenes de las inmediaciones.

Innovación tecnológica desde el sur bonaerense

El salto de calidad de Surrey se consolidó a comienzos de los años setenta, cuando la planta de Lanús comenzó a fabricar sus propios compresores herméticos, un componente de altísima precisión que hasta entonces solo producían unas pocas potencias industriales en Estados Unidos y Europa. Ese logro técnico permitió que la marca no solo abasteciera el mercado interno, sino que exportara equipos completos a países limítrofes, llevando el sello de la manufactura lanusense a rascacielos y hospitales de toda la región.

Sin embargo, el devenir de las políticas macroeconómicas y los vaivenes financieros golpearon duramente a la industria nacional. La apertura indiscriminada de importaciones hacia fines de los noventa y la reestructuración corporativa global culminaron con la absorción de la compañía por gigantes multinacionales, concentrando la producción en otros polos y reconfigurando el predio de Valentín Alsina hacia funciones principalmente logísticas y comerciales.

El desafío actual del parque industrial ribereño

Los archivos y digestos de la Municipalidad de Lanús reflejan que el área ribereña de Valentín Alsina conserva una zonificación netamente industrial, pero carece de un plan maestro de incentivos fiscales y obras viales que atraiga a nuevas empresas tecnológicas a radicarse en los viejos galpones desocupados. Las calles rotas por el paso constante de camiones y la falta de aliviadores pluviales ahuyentan las inversiones productivas de valor agregado.

El impacto formativo de Surrey en el partido de Lanús trascendió con creces los límites de sus naves fabriles. La empresa impulsó una escuela de aprendices y convenios de capacitación técnica con las escuelas industriales de Valentín Alsina y Lanús Oeste, permitiendo que generaciones de jóvenes de barrios obreros accedieran a una formación de excelencia en refrigeración, electricidad industrial y control de calidad que luego les abrió las puertas en las principales firmas del país.

Alrededor de la planta se consolidó además una extensa cadena de valor compuesta por tornerías mecánicas, matricerías de precisión, fundiciones de aluminio y talleres de bobinado que dependían de los contratos de provisión de Surrey. Esta red de pequeñas empresas familiares dinamizó el comercio local y fomentó una cultura del esfuerzo productivo que definió la fisonomía social de Valentín Alsina durante décadas de pleno empleo.

En los relatos de los exempleados que aún residen en las cercanías del Puente Alsina, la memoria de Surrey se asocia a la dignidad laboral, a los beneficios sociales y al compañerismo de las asambleas obreras. Muchos de aquellos técnicos que dieron sus primeros pasos en las líneas de montaje de la avenida Remedios de Escalada terminaron abriendo sus propios comercios de reparación e instalación en el distrito, transmitiendo el oficio de padres a hijos.

La memoria colectiva rescatada en la cobertura histórica de La Unión de Lanús recuerda que el crecimiento de nuestras localidades estuvo indisolublemente atado al trabajo fabril y a la dignidad del salario industrial. Recordar la epopeya de Surrey en Valentín Alsina no es un simple ejercicio de nostalgia: es una interpelación directa a las autoridades actuales sobre qué modelo de desarrollo económico se propone para Lanús. Una comunidad que supo ser la capital sudamericana de la climatización no puede resignarse a ser una ciudad dormitorio sin chimeneas activas ni oportunidades laborales para sus jóvenes técnicos.