En O’Higgins 2061, el Centro Cultural I. L. Peretz reúne varias historias de Lanús Este: la de familias inmigrantes que organizaron un lugar de encuentro, la de una educación compartida entre generaciones y la de un escenario que recibió a Mercedes Sosa. Su recorrido también incluye algo más cotidiano: vecinos que se acercaron por una película o una mesa de ping pong y encontraron una institución abierta al barrio.

El Peretz nació el 1 de mayo de 1940. En la reconstrucción colectiva publicada para sus 75 años, sus integrantes relacionaron el origen con la llegada de inmigrantes judíos y con las redes de ayuda que les permitieron asentarse y trabajar. La cultura y la cooperación crecieron juntas: conseguir recursos, sostener una escuela y disponer de un salón formaban parte de un mismo esfuerzo.

Una casa construida entre vecinos

Aquella historia institucional recupera reuniones en viviendas particulares, una primera sede en Basavilbaso y la apertura del edificio de O’Higgins en 1956. También recuerda a vendedores que ofrecían mercadería en cuotas, conocidos como cuenteniks. Sus vínculos de confianza ayudaban a organizar la vida económica de familias que estaban haciendo del sur del conurbano su nuevo hogar.

El crédito cooperativo y la actividad cultural tuvieron participantes en común, aunque no eran la misma entidad. Esa cercanía explica por qué la historia del Peretz habla tanto de libros y espectáculos como de trabajo, solidaridad y organización. El edificio permitió reunir esas inquietudes en un espacio propio, con continuidad más allá de las casas de sus fundadores.

La noche en que cantó Mercedes

Una de las fechas más recordadas es el 22 de mayo de 1964. Mercedes Sosa, Oscar Matus y Armando Tejada Gómez participaron allí de una presentación del Nuevo Cancionero. La revista Viento Sur de la UNLa volvió sobre ese encuentro en julio de 2025, a partir de una entrevista con Carlos Gamarnik, integrante de la institución.

El relato sitúa la reunión en la biblioteca y describe un público reducido, de unas cuarenta personas. La escala ayuda a imaginar la importancia de aquellos espacios culturales: una propuesta musical que después alcanzaría públicos enormes también necesitó salas pequeñas, organizadores y vecinos dispuestos a escuchar. La conexión de Mercedes con Lanús tiene allí una fecha y un lugar concretos.

Gamarnik explicó además que las actividades se abrían al conjunto de la comunidad y que la comisión incorporaba personas sin origen judío. Esa apertura permite entender el lugar del Peretz en la ciudad: conserva una tradición cultural propia y, al mismo tiempo, convoca a quienes llegan desde otras experiencias familiares.

Un escenario que también guarda memoria

Cincuenta años después de aquella actuación, el centro organizó un homenaje. Su archivo de junio de 2014 cuenta que el encuentro se realizó el 31 de mayo y que el escenario recibió el nombre de Nuevo Cancionero. Participaron familiares de los artistas y músicos como Julio Lacarra y Verónica Condomí.

Recordar la actuación mediante una nueva reunión le dio otra vida al episodio. La memoria quedó asociada al mismo uso que había hecho posible la visita de 1964: personas que se encontraban para escuchar música. El nombre del escenario enlazó ambas fechas sin convertir la historia del centro en una simple colección de aniversarios.

El ping pong y el aprendizaje compartido

El deporte ofrece otra entrada. En una crónica de 2018 para La Unión de Lanús, Leonardo Torresi describió entrenamientos de tenis de mesa en los que convivían distintas edades y niveles. Entre sus protagonistas estaban José Álvarez, de 85 años, y Abril Okuyama, una jugadora de 13 que ya competía internacionalmente.

La nota permite asomarse a una actividad que exige práctica, concentración y lectura del movimiento de la pelota. Los profesores explicaban la diferencia entre pelotear de manera informal y aprender efectos, golpes y desplazamientos. El salón compartido hacía posible que principiantes y deportistas avanzados se cruzaran en una misma institución.

Es un retrato fechado de la vida del club, no una cartelera de clases actuales. También muestra que su identidad cultural no quedó limitada al escenario: aprender con otras personas, corregir un movimiento y volver a intentarlo forma parte de ese encuentro entre generaciones.

Sostener el lugar de encuentro

La continuidad tuvo dificultades. En el aniversario de 2020, Susana Zacutinsky recordó ante La Unión de Lanús la crisis atravesada alrededor de 2001, cuando llegó a discutirse la venta del edificio. La decisión colectiva fue conservarlo. Años después, la pandemia obligó a celebrar los ochenta años con las puertas cerradas y recuerdos compartidos a distancia.

Biblioteca, Kinder, cine y deporte aparecen en esos testimonios como distintas maneras de sostener una misma casa. Para Lanús Este, conocer el Peretz es reconocer ese trabajo acumulado: una institución de raíz inmigrante que hizo lugar a la música, al aprendizaje y a las relaciones del barrio. Su historia continúa en O’Higgins, donde esas trayectorias dejaron una referencia cultural propia.