Pocos destinos condensan con tanta crudeza y gloria el espíritu del Conurbano bonaerense como la vida de Horacio Enrique Accavallo. Antes de ser el campeón mundial de los pesos mosca que silenció a Tokio y llenó el Luna Park con quince mil gargantas enardecidas, fue un pibe del barro profundo de Villa Diamante, en los confines de Lanús Oeste. Su infancia transcurrió entre las zanjas y los terraplenes de la quema municipal, donde aprendió a defenderse de las privaciones juntando cartones, botellas vacías y huesos de animales para ayudar a su familia campesina de inmigrantes italianos.
La semblanza del homenaje oficial del Ministerio de Capital Humano y Cultura recuerda que Accavallo pasó por múltiples oficios antes de calzarse los guantes de manera definitiva: fue lustrabotas en las estaciones de tren, botellero por las calles de tierra y hasta faquir y equilibrista en circos ambulantes que recorrían los pueblos de la provincia. De esa vida dura y nómade extrajo una resistencia física inusual y una picardía callejera que luego trasladó a su estilo sobre el ring: guardia zurda desconcertante, piernas incansables y un contragolpe quirúrgico que desgastaba a rivales más potentes.
El primero de marzo de 1966, en el mítico estadio Kuramae Kokugikan de Tokio, Accavallo tocó el cielo con las manos al vencer por puntos en fallo dividido al japonés Katsuyoshi Takayama. La hazaña le permitió suceder al inolvidable Pascual Pérez como segundo monarca mundial en la historia del boxeo argentino, unificando los cinturones de la AMB y el CMB. La transmisión radial de la pelea mantuvo en vilo a todo el país en horas de la madrugada, pero fue en las barriadas humildes de Lanús donde la euforia desbordó las calles.
El regreso triunfal en autobomba
El archivo de memoria barrial de La Unión de Lanús describe con lujo de detalles la marea humana que aguardó el regreso del campeón en el aeropuerto de Ezeiza y lo acompañó en caravana hasta el distrito. A pedido expreso de los vecinos, los Bomberos Voluntarios subieron a Accavallo a la autobomba principal para recorrer las avenidas Hipólito Yrigoyen y 25 de Mayo, antes de ingresar en triunfo a su querida Villa Diamante, donde una multitud desbordó el barrio para abrazar al chico que había salido de la miseria y volvía con el cetro del mundo.
A diferencia de otros ídolos deportivos que rompieron lazos con sus orígenes tras saborear el éxito, Accavallo mantuvo un arraigo inquebrantable con su tierra. Con los ahorros de sus defensas de título en el Luna Park frente a figuras como Hiroyuki Ebihara y Efren Torres, invirtió en Lanús: fundó la recordada Galería Horacio Accavallo sobre la calle Rucci, levantó locales comerciales y empleó a vecinos de la zona, demostrando una generosidad que el barrio nunca olvidó. Tras colgar los guantes en plenitud en 1968, retirándose como campeón vigente, se convirtió en un próspero comerciante sin perder la humildad ni el trato campechano.
La deuda del deporte municipal con su memoria
A pesar de la trascendencia de su figura, al recorrer el portal del Municipio de Lanús se advierte una omisión llamativa: la Comuna no cuenta con una escuela municipal de boxeo ni un polideportivo barrial en Villa Diamante que lleve formalmente su nombre y preserve su legado para las nuevas generaciones. El boxeo de base, que en las décadas pasadas sirvió para rescatar a cientos de jóvenes de la marginación y los consumos problemáticos, sobrevive hoy gracias al esfuerzo voluntario de clubes de barrio sin subsidios estatales ni materiales de entrenamiento.
El estilo boxístico de Horacio Accavallo combinaba una destreza técnica refinada con una guapeza inquebrantable forjada en las privaciones de su niñez. Arriba del cuadrilátero era un estratega implacable que utilizaba el paso lateral, la cintura y un jab punzante para frustrar los avances de los rivales, esperando el momento exacto para descargar su izquierda en punta con precisión de cirujano. Esa maestría lo convirtió en una de las figuras más respetadas por los especialistas del pugilismo internacional.
Sus noches consagradas en el Luna Park convocaron a miles de trabajadores de Lanús que cruzaban el Riachuelo en caravana para alentar al crédito de Villa Diamante. Aquellas jornadas populares hermanaron a frentistas de todas las localidades del distrito, que veían reflejada en la entrega de Accavallo la propia lucha cotidiana por salir adelante en un Conurbano lleno de sacrificios.
Aun en la cúspide de la fama internacional, Accavallo continuó frecuentando los clubes de barrio de Lanús Oeste, compartiendo mates con los vecinos en la vereda y colaborando en silencio con comedores escolares y familias necesitadas de su cuadra natal. Esa generosidad sin estridencias selló su condición de mito viviente: no solo fue un campeón de los cuadriláteros, sino un embajador entrañable de la dignidad y la solidaridad lanusense.
Horacio Accavallo falleció en 2022 a los 87 años, pero su recuerdo permanece vivo en las paredes y en la memoria de los viejos vecinos de Lanús Oeste. Su figura resume la identidad indómita de Villa Diamante: la certeza de que ningún origen humilde puede clausurar los sueños cuando hay coraje, dignidad y amor por el barrio que te vio nacer.


